— Fernando Arrabal (via elcabaretvoltaire)
Este es mi beta.
La euforia que sentí al encontrar esto es indescriptible
el que contempla lo general en lo particular. Del primer procedimiento surge la
alegoría, en la cual lo particular sólo sirve como instancia o ejemplo de lo general;
el segundo, en cambio, es la verdadera naturaleza de la poesía: la expresión de lo
particular sin ninguna referencia a lo general."
— Goethe
Nostalgia, de Alejandro Rubio
Cuando veo a dos putarracos
haciéndose arrumacos en la calle
me vienen a la memoria todas las humillaciones
que pasé en la primaria a causa
de mis rizos rubios y mi coxis saliente.
Si no me rompieron el culo en quinto grado,
fue porque Dios es grande y mamá me crió bien.
Pienso si a ellos les pasó lo contrario:
la cara metida en la taza, dos trabando los brazos,
un tercero clavando su cuerno entre las turgentes
prominencias blancas o rosadas como mejillas de moza.
Y cuando pienso que llevo seis meses
sin oler una almeja, me dan ganas
de volver a esos baños, de hundir la nariz
en aquel hedor a sudor lácteo y orín seco
y de una vez por todas sin miedo ni culpa
entregarme.
Trama
Una experiencia microscópica de clandestinidad, de observación de una dinámica en la clandestinidad, en un centro cultural. Nadie sabía todo de la organización, cada quien hacía una tarea, pero nadie sabía cómo funcionaba el resto. ¡Y eran cinco, o seis personas!
La cosa es que llego, se está hablando de comida para conservar: berenjenas en escabeche, tomates licuados y congelados. Y uno de los clandestinos recuerda: su abuelo guardaba la comida de manera desmedida (la tiesura a esta hora en la escritura se debe a que buena parte del caos fue sudado en hojas rayadas durante el resto del día, y también hay palotes), es decir, guardaba las botellas de salsa de tomate de a decenas, por decir algo, porque había estado en la guerra, claro. El que lo contó, aparentemente no se había dado cuenta de lo que iba a contar, porque cuando dijo “y cuando se murió nos lo bajamos todo en dos meses, un amigo y yo”, le dio risa, al escucharse, al darse cuenta de que su amigo y él, fumones, en el departamento del abuelo, se habían bajado en dos meses, durante los que no hicieron nada, la comida que su abuelo guardaba compulsivamente, por el recuerdo de la guerra.
Un buen cuento, dijo. Comienza cuando se están terminando todo (los frascos vacíos rodando por el piso, pedazos de berenjenas en escabeche pegados de las paredes), y retrocede en un flashback, a una imagen de su abuelo, adolescente, pasando hambre, en un refugio, donde escuchan retumbar las balas.
No se trata exactamente de lo mismo, pero entonces me acordé de El Capital, de Kluge.
(subtítulos en portugués, pero poniéndole onda se entiende)
Conversa con el gran Leónidas Lamborghini. “Cuando lo tienen todo armado… Vos ya sabés. Ta todo armadito ahí… Y no. El prolífico, el que produce es el caos. Uno no se puede mantener ahí mucho tiempo porque te volvés loco. Pero es el caos el que engendra la luz. Sin caos no hay luz. Y estos te vienen y te venden la luz, directamente. ¡Y es una lamparita, viste !¡Es una luz de lamparita!”

